Poema de amor para la muchacha de un video visto en Internet | Óscar Luviano

Nos preguntamos qué es el amor, y no sabemos que el amor
es tan anónimo y pixelado como tú; que el amor es tocar
a la puerta de Dios mientras en la boca acuna el sabor del polvo.
También quiero saber tu nombre, el tuyo, tú que has aparecido
desnuda y arrodillada en un video de la red:
tus senos, dos crías mellizas de gacela,
en tu cabello hay una hoja enredada, la corona que se dispensa a las ninfas.
Confiesas 17 años ante el interrogatorio del sicario.
Esa edad sin nombre que es apenas torrente de manzanas,
Cuando no somos y hemos de ser.
¿Cómo te llamas? Y no respondes
congelada en la screen capture.

Es google quien da la respuesta:
VIDEO
DE UNA ZETA
DECAPITADA

Quien te bautiza aparece a tu lado,
con un pasamontañas y un hacha.
Este es tu epitafio, y este será tu solo nombre.
En la screen capture nos devuelves la mirada
a quienes te vemos desnuda y arrodillada;
tus ojos muchachos  aterrados en un mundo que ya no es:
ya te sabes fuera de aquí, derruida en el silencio del silencio.
Tienes una hoja enredada en el pelo,
como las chicas de la publicidad en esta página
llevan moños u orejas de conejo y nos ofrecen alguien para follar en tu ciudad
¡GRATIS!
¡ESTA MISMA NOCHE!,
que ya no es la tuya,
aunque tu edad apenas sea un pájaro sin describir,
aunque todavía nadie te ha tatuado en los ojos.

Me pregunto tu nombre
y la respuesta es el cursor. Un clic:
¡HERMANOS,
VATOS,
TRONCOS,
BOLUDOS,
COMPAS,
PARCEROS,
HUEVONES!:
un clic y el vídeo correrá, y podremos
ver el torrente de tu sangre,
ver el silbido con el que tu garganta reclama un último sorbo de aire.
Nosotros, que no sabemos tu nombre, sabemos que te afeitabas el pubis,
¡PINCHE ZETA!
Clic y veremos. Clic clic clic suenan los toquidos a la sorda y metálica puerta de Dios,
Clic clic clic el puño de huesos de pájaro con los que te invocamos, Señor.
Clic clic clic… ¿Estás ahí?
No. Y quiero que este clic haga caer la hoja de tu pelo, y después otras y otras;
y que tu pelo sea una medusa de ramas,
y otro clic y tu cuerpo un torrente de madera, ascenso de ardillas,
y otro clic, y cada tajo del hacha sea inútil,
y no haga caer de ti sino manzanas y nidos, y la carcajada
como tintineo de agua que  nunca te conoceré.
Clic, y que crezcas, y que tu follaje atraviese esta pantalla, y reviente
cada iPad y Smartphone, cada puerta y ventana cerrada:
que te nos quedes pegada en los dedos
por siempre hecha un regusto a savia
y que ese sea el nombre del amor,
y no esta pestilencia a carne que cunde apenas Dios abre la puerta, y pregunta.
¿Estás ahí? ¿Estás viendo, también?
Clic clic clic.

 
Cortesía del autor. Poema tomado de El laberinto de los pájaros, página personal del autor.

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